Chiquiacá y la herida que abre el Domo Osso X3

Sobre el proyecto Domo Osso X3, ubicado en el bloque San Telmo, se ha dicho casi todo. Que será ejecutado por YPFB Chaco y Petrobras Bolivia, que el contrato fue suscrito el 15 de enero de 2018 y validado mediante la Ley 1049 del 7 de abril de 2018 promulgada por expresidente Evo Morales Ayma, que existe resistencia en los habitantes de diferentes comunidades, como Chajllas, Pampa Redonda, Loma Alta, Chiquiacá Sud y Chiquiacá Centro, que hubo una consulta previa que, según denuncias, habría sido amañada, que los denominados defensores de Tariquía están siendo procesados por “asociación delictuosa”, y, lo más reciente, que el Tribunal Agroambiental de Entre Ríos frenó temporalmente los trabajos de incursión.

Pero de lo que no se habla es de la fractura interna que está dejando este proyecto. De las familias que ya no se hablan, de los amigos que ya no se saludan, de mujeres que sienten miedo de salir, porque ahora extraños transitan por los caminos polvorientos.

Las comunidades que son parte de la Reserva Nacional de Flora y Fauna ya no son las mismas, y sus habitantes dudan que se recupere ese tejido social que era parte de la convivencia. Dicen que es la primera “contaminación” que dejaron las petroleras.

Enemistades a flor de piel

Doña Juanita Martínez tiene 60 años y está en la vigilia por Tariquía desde que inició, hace poco más de un mes. Reconoce que estar en ese lugar implica muchos sacrificios, pasar frío, gastar sus ahorros para alimentarse, “pelear” con los bichos, dejar pasar la temporada de siembra. Pero cree que lo vale, “todo por defender nuestro territorio, es una lucha que nos nace de corazón”.

Campamento Petrobras ya tiene un campamento armando en Chiquiacá, donde hay unas 30 personas trabajando. Hasta la semana pasada realizaban la medición para abrir el camino de 7,4 kilómetros hacia la planchada y recogían información sobre la flora y fauna de la zona
En una charla con El País Juanita recordó que este año no ha podido sembrar maní ni maíz, pero no pierde las esperanzas de hacerlo más delante, “por lo menos para chala”.

No toda su familia apoya su lucha. Su esposo a veces le reclama por estar ausente en su casa, sus hijos también, más desde que fueron rebasados por la Policía. Temen que algo le pase.

Doña Juanita reconoce que su comunidad, Chiquiacá Norte, está dividida y culpa de eso a la empresa petrolera.

“Hay división en las familias, entre hermanos, tíos, primos. Ahora ya no podemos tener una buena relación entre familias, como antes, cuando nos visitábamos para charlar, estábamos en paz. Ahora nos vemos como enemigos, todo por causa de las empresas petroleras. Ellas han venido a dividir”, cuenta y describe toda esa situación como pesadilla.

Doña Juanita dice que la comunidad perdió su tranquilidad, porque los trabajadores entran y salen a todo momento, incluso en la madrugada. “Ellos no avisan ni piden permiso, entran como si fueran ladrones. Vivimos con miedo, porque es gente ajena”.

Las comunarias que están en vigilia recuerdan que todo empezó con regalos. Empezaron dando cocinas y garrafas para lograr el apoyo de la gente, arroz a la mujeres, juguetes a los niños, botas de trabajo a algunos varones.

Las promesas de trabajo, desarrollo y mejores días, de regalías que llegarán a las comunidades, fueron convenciendo a algunas familias. Otras no creen, y miran hacia el Chaco y sus dudas crecen más.

“Tanto años que se ha sacado el gas en la provincia Gran Chaco y O’Connor ¿qué hay?, ¿qué hay en Tarija?, ¿hay desarrollo?”, cuestionan.

Lo que cuentan las mujeres de la vigilia puede sonar exagerado, pero el testimonio de don Manuel (nombre ficticio) muestra esa realidad.

Don Manuel es oriundo de Chiquiacá, pero dejó su pago por trabajo. Casi diez años después ha regresado, y encontró una Chiquiacá distinta, casi ajena.

“Antes la gente era más unida, más amiga. Ahora es diferentes, hay enemistades entre familias, entre comunidades. Ha cambiado arto”, lamenta.

Al recorrer por Chiquiacá Centro notamos que hay varias viviendas sociales que fueron construidas por el gobierno del MAS, es obvio por los colores. Están unas tras otras.

Al hacer esa observación, el comentario de los lugareños fue: “así los han convencido de apoyar a la petrolera”.

El silencio también puede develar muchas cosas, temor por ejemplo. Hay comunarios que no quieren hablar de lo que pasa en su comunidad, ni a favor ni en contra. “Eso solo ha traído problemas”, sentencian.

El miedo como arma de sometimiento

Yenni también acompaña la vigilia en el punto de ingreso a Chiquiacá. Recuerda cómo el 5 de enero un contingente policial llegó hasta ese lugar para forzar el ingreso de los vehículos y trabajadores de Petrobras.

“Algo de 50 policías para un pequeño grupo de personas que lo único que hace es defender su territorio, el agua. Para retirar a una persona había seis o siete policías, los trataron como si fueron criminales”, lamenta.

Yenni describió como dolorosa la situación que viven los comunarios que están siendo procesados por Petrobras y Yacimientos. Porque son amenazados constantemente con ser llevados a la cárcel.

“La gente aquí vive con temor, las señoras al menos. Sus hijos las llaman y les dicen ‘ya no estés ahí mamita, te van a llevar presa’. Ellas a veces salen a buscar leña para cocinar, escuchan una movilidad y ya piensan que es la Policía o es la empresa que las vienen a buscar, no están tranquilas ni en sus casas”, relata.

El temor y desconfianza crecen cuando personas extrañas entran y salen de la comunidad, les sacan fotos a los dirigentes y los amenazan con más procesos si les prohíben el paso.

El agua, fuente de vida

En el camino encontramos a Gabriela Miranda, que junto a su hermano recogían agua de la quebrada Santa Rosa para dar a sus animales. Cuenta que desde la toma natural el agua es cristalina y fresca, apta para consumo humano.

Gabriela no quiso dar su opinión sobre la presencia de Petrobras en la zona. Reconoce que hay una división interna, entre los que quieren el proyecto y los que no.

Sin embargo, hace énfasis en que en Chiquiacá Centro y sus alrededores la gente vive de la agricultura y la crianza de animales, por lo que el agua es un recurso preciado, más cuando emana de diferentes lugares de forma natural, es limpia y sana, no tiene dueño.

“Aquí todo da, frutas, verduras, todo lo que se siembra da. Y eso es porque tenemos agua, si no hubiera, vamos a estar con en otros lados. Sin agua, aunque tengas 100 terrenos, no te sirve de nada”, recalca.

La joven comunaria tiene bien claro que la salud y educación son derechos constitucionales que tiene cualquier comunidad en Bolivia, por lo que no deberían estar condicionados a si se permite o no el ingreso de las empresas petroleras a una Reserva Natural.

Y así, un breve recorrido por los alrededores de Tariquía fue suficiente para darse cuenta que Chiquiacá está rota, tiene una fractura que demorará en sanar.

Por ahora, por determinación de un Juez Agroambiental, los trabajos en el pozo Domo Osso X3 quedan paralizados por 30 días. Pese ello, la vigilia iniciada por un grupo de comunarios se mantiene. Aseguran que no se rendirán, hasta lograr la salida de las empresas petroleras.

“Así estemos procesados, no nos vamos a rendir. No nos iremos y cuando vengan las máquinas, ahí vamos a estar. Que nos pisen, que nos maten, estamos dispuestos a morir por defender nuestra Reserva”, dice sin titubear doña Juanita.

La trampa de la consulta previa

Yenni Noguera está firme en la vigilia iniciada por los comunarios de Chiquiacá. Ella no es del lugar, no tiene tierras o algún interés particular ahí. Pero ya vivió esa situación en Caigua, Villa Montes, donde también llegaron con promesas de riquezas y desarrollo, y una consulta pública que lo cambió todo.

Comenta que Caigua se halla cerca del Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Aguaragüe, donde la explotación petrolera inició por los años 80.

“Estas empresas ecocidas dejan un impacto irreversible, tanto en el ámbito social como ambiental”, dice Yenni, al recordar que con el paso de los años esos pozos que eran explotados quedaron como pasivos ambientales, que afectaron las quebradas de agua y cambiaron la tierra que era productiva, lo que obligó a los más jóvenes a migrar a Santa Cruz o Chile.

“Cuando ellos tratan de ingresar siempre te dicen que habrá desarrollo, mejores escuelas y hospitales, pero cuando entran y tú les pides esas obras, te dicen que no es su competencia, que es del municipio”, relata.

Yenni recuerda cómo YPFB Chaco logró entrar a Caigua, y advierte la misma estrategia en Tariquía.

Cuando se identificó gas en Caigua la comunidad también se opuso, porque estaba en el Aguaragüe. Hubo 29 días de protesta y bloqueo a la empresa. Finalmente se pactó la consulta previa.

“Citaron a toda la gente y dijeron que les iba a dar un plato de pollo y 100 bolivianos a los asistentes, entonces llovió la gente, familias enteras, y todo mundo firmó. Y ya estuvo su licencia”, detalló.

El problema vino después. La consulta fue por un pozo, pero cuando se aprobó la licencia fue por 10 años y eso implicaba perforar otros seis pozos. Así se formó el bloque Caigua.

“Estando ya adentro fue muy difícil sacar a la empresa. Y eso estamos viendo que está pasando aquí. Y una vez que entran, no respetan quebradas, puestos ni potreros”, advirtió.

Yenni no quiere que esa situación se repita en Tariquía, que sus habitantes vivan lo que ahora viven los pobladores de Caigua, que ahora deben incluso pedir permiso para caminar por ciertos lugares de esa tierra que los vio nacer.

Sourceel pais

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