El pasado miércoles, Paraguay amaneció bajo una ola de calor de 40°C y terminó el día a oscuras. Una falla en la subestación Yguazú, en Alto Paraná, desencadenó una reacción en cadena que dejó sin luz al 90% del país y a cerca de cinco millones de personas. Hospitales improvisaron cirugías con linternas de celulares. Los semáforos se apagaron en Asunción. El agua potable se cortó en barrios enteros.
No fue un caso aislado. Apenas un año antes, el 25 de febrero de 2025, Chile vivió su peor apagón en quince años: 19 millones de personas sin electricidad, estado de emergencia y toque de queda. Antes, Ecuador soportó cortes de hasta 14 horas diarias por meses. Argentina, Uruguay y Brasil han tenido episodios similares en los últimos años. Sudamérica, el continente que genera el 65% de su electricidad con fuentes limpias, está sufriendo una crisis de infraestructura que nadie asume con la misma urgencia con que se celebran los récords renovables.
La paradoja del gigante energético
Paraguay es, en teoría, una potencia energética. Itaipú Binacional, que comparte con Brasil, es una de las mayores represas del mundo. Yacyretá, que comparte con Argentina, es otra gigante. En 2025, el 98% de la electricidad del país provino de estas dos fuentes. Pero esa misma concentración es su mayor fragilidad: cuando falla una línea de transmisión, no hay alternativa.
«Lastimosamente, no tenemos esa redundancia en Paraguay», admitió Félix Sosa, presidente de la ANDE, la empresa estatal de electricidad, ante los medios el mismo día del apagón. La obra que lo solucionará tardará 18 meses más y costará $us 310 millones.
La lección chilena fue casi idéntica. El Coordinador Eléctrico Nacional explicó que una deficiencia en los sistemas de protección de una línea de 500 kV bastó para que el efecto dominó apagara un país entero. «El software no funcionó correctamente, las centrales mismas fallaron varias veces y se volvieron a caer», dijo la entonces ministra del Interior, Carolina Tohá. El presidente Gabriel Boric fue más directo: «No es tolerable que por responsabilidad de una o varias empresas se afecte la vida cotidiana de millones de chilenos».
Oferta que crece, redes que no alcanzan
El problema de fondo no es falta de generación, sino un desfase estructural entre la oferta eléctrica y las redes que la transportan. En 2024, Brasil sumó 36 TWh nuevos de energía eólica y solar. Chile y Uruguay lideran en la región con más del 30% de su mix eléctrico cubierto por estas fuentes. La demanda, por su parte, también acelera: en Paraguay creció 12% en 2025 y más de 13% en enero de 2026. En toda la región, la electrificación del transporte, la industria y el hogar está disparando el consumo a tasas que superan las proyecciones.
La Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) advirtió en la COP30, celebrada en Belém en noviembre de 2025, que Sudamérica solo recibe el 2,5% de la inversión global en transición energética. El director general de IRENA, Francesco La Camera, fue enfático: sin conexiones de red más sólidas e inversión en transmisión y almacenamiento, el potencial renovable del continente no se puede aprovechar.
Un apagón no es solo una incomodidad. Es agua potable que deja de llegar, diálisis interrumpida, cadena de frío rota, semáforos apagados y empresas paralizadas. Según estimaciones en medios paraguayos, las pérdidas económicas por el último evento podrían alcanzar los 100 millones de guaraníes solo en el sector comercial de Asunción. Más allá del daño inmediato, cada apagón erosiona la credibilidad de los gobiernos que promueven a sus países como destinos para inversión intensiva en energía como centros de datos, hidrógeno y minería de litio.



















