A las 3:26 AM del pasado 8 de enero sonó el mensaje en el celular: mi hija nos decía que la flota las acababa de dejar a ella y su amiga antes del regimiento “Calama”, a unos tres kilómetros de Patacamaya, debido al bloqueo de caminos organizado por la COB contra el DS 5503.
El chofer bajó a todos los pasajeros indicando que tendrían que caminar hasta esa localidad y que de allí podrían conseguir transporte que los llevaría hasta La Paz. Maletas y paquetes en mano, empezaron la marcha por la carretera desierta, junto con otras decenas de pasajeros, entre los cuales habían bebés y personas mayores.
Esperábamos que Matiz y su amiga Sara llegaran desde Arica a las 6:30 a la terminal de buses de La Paz. Antes de partir les habían indicado que los buses podían llegar bien a destino. Pero pese al diálogo entre las autoridades y la COB, la instrucción fue intensificar los bloqueos.
Matiz y Sara, que están en sus veintes, son persona sensatas e inteligentes, pero de todos modos nos preocupó su seguridad. En medio de la noche, forzadas a caminar una hora, con sus pertenecías a cuestas, para llegar a Patacamaya (ver fotos, todas de Matiz y Sara).
Mi esposa Carola y yo nos levantamos y decidimos partir de inmediato en nuestro pequeño vehículo. El otro, de mayor tamaño, estaba, lamentablemente, en el mecánico.
A las 4:18 mi hija nos envió una foto de ella y su amiga caminando hacia Patacamaya. Volaron los mensajes de preocupación: “No caminen solas, por favor, vayan en grupo, con cuidado”. En estas circunstancias el peligro acecha no solo de los bloqueadores, sino de gente avezada tratando de sacar provecho. Luego nos enteramos del miedo que pasaron cuando se les acercaron personas preguntando de dónde venían. Respondían con monosílabos.
Mientras ellas caminaban, nosotros logramos llegar hasta el Puente Vela de la ciudad de El Alto. En medio de una densa niebla avanzábamos cautelosos porque los vehículos no respetaban los carriles de ida y vuelta y muchos conducían en sentido contrario. La carretera estaba totalmente bloqueada. Había gente con fogatas y el humo, mezclado con la densa niebla, generaba un escenario inquietante, fantasmagórico.
Nueva comunicación: Matiz y Sara ya estaban en Patacamaya y nos comentaron que habían autos de transporte público que ofrecían llevarlas ¡por 500 bolivianos a cada una! Y que ni siquiera garantizaban que llegarían a La Paz.
Ante tal situación, peligrosa de por sí y de un costo prohibitivo, recomendamos que buscaran algún alojamiento en Patacamaya, mientras nosotros llegábamos. Por suerte lo consiguieron. El alojamiento Santa Bárbara, de la señora Delia, les dio un cuarto. Fue una gran suerte y quienes no la tuvieron pasaron la noche a la intemperie, como les sucedió a muchos otros pasajeros, entre ellos dos personas de avanzada edad que amanecieron en la puerta del alojamiento, ya sin espacio para nadie más, con el frío intenso y en medio calles semidesiertas.
Tratamos de avanzar, pero junto al deteriorado estado de las vías en El Alto y el tamaño de nuestro vehículo, la tarea se hizo imposible. Teníamos que cruzar aceras altas, pozos de agua y montañas de tierra que habían sido transportadas por los bloqueadores.
Volver a casa para partir más tarde
Más tranquilos sabiendo que Matiz y Sara habían conseguido un alojamiento, y ante la imposibilidad material de continuar viaje, retornamos a casa decididos a partir horas más tarde. Llamamos al taller y nos dijeron que el otro auto estaría listo después de mediodía; tuvimos además la suerte de que nuestro amigo y vecino Rubén, que conoce rutas alternas en el altiplano y que es además mecánico y habla aymara, aceptara acompañarnos.
Con mi hija tengo una conexión especial y sentía su llamado silencioso. Recién salido el vehículo del mecánico, junto a Rubén partimos hacia Patacamaya alrededor de las 14:30. Mi esposa consideró que no era necesario que ella también fuera: además ocuparía un espacio adicional y debía cuidar a su madre. Como pensábamos retornar en la misma noche, nuestros pertrechos consistían solamente en una botella de refresco, un termo con café, unas cuantas galletas y una bolsa de dulces.
Rubén conocía una ruta por Achocalla que nos llevaría a El Alto y evitaría los bloqueos en esa ciudad. Cuando llegamos, nos dimos cuenta de que los bloqueos habían aumentado en las horas que habían transcurrido y no solo estaban en la carretera. Decidimos seguir por rutas alternas sin entrar a la vía principal. Jamás pensé que había tantos caminos secundarios, muchos de los cuales ni siquiera aparecen en las aplicaciones de mapas. Yo tengo servicio de Viva, que no llega al altiplano, así que descargué los mapas cuando todavía pude hacerlo.
Me sorprendió la cantidad de bloqueos: en zonas menos populosas de El Alto estos estaban no solo en la carretera, sino también en avenidas, calles y callejuelas, caminos de tierra grandes y pequeños e incluso vías para animales. Todo estaba bloqueado.
Cruzamos, o mejor dicho evadimos bloqueos con multitudes de personas; otros los atravesamos después de pagar a grupos más o menos pequeños de personas e incluso de una sola persona. Los bloqueos eran por lo general promontorios de tierra, piedras, llantas ardiendo y zanjas hechas a pico y pala; otros eran estructuras mejor construidas con el uso de tractores. Incomprensible cómo gastan combustible para bloquear destruyendo la vía que esos mismos vecinos utilizan.
Continuamos el viaje y compartimos la ubicación en tiempo real para que tanto mi esposa como Matiz y Sara siguieran nuestros pasos mientras fuera posible. Luego nos contaron cómo era ese avance: volvíamos sobre nuestros pasos, cambiábamos de ruta, a veces íbamos en círculos, sin poder avanzar, como perdidos, sin rumbo, sin salida, en un laberinto. Imagen surrealista. En algún momento, para relajar el ambiente, comentamos que si viviéramos en otro lugar jamás tendríamos este tipo de aventuras y que, si las contáramos, serían difíciles de creer.
Luego de Achocalla el objetivo era llegar a Villa Remedios, creyendo que desde ahí sería más fácil llegar al destino. Nada más alejado de la realidad: recién empezaba lo difícil. En El Alto pensábamos que si llegábamos al Cruce Ventilla habríamos superado los primeros bloqueos.
En ese afán pasamos cerca de la Casa del Payaso, conocida por sus colores y forma arquitectónica, pero no pudimos ni acercarnos a dicho cruce. También intentamos por el Cruce Layuri: imposible. Decidimos alejarnos de la carretera, dirigiéndonos hacia las zonas de Tuni, luego a Kella Kella, Asunta Quillviri, todas en El Alto. Como no podíamos continuar, tomamos un nuevo rumbo, por Caluyo, para evitar Villa Remedios y San Antonio.
Durante este trayecto pudimos pasar algunos bloqueos gracias a que Rubén conocía el lugar y hablaba con los bloqueadores en aymara, y también por el pago en efectivo de distintas sumas de dinero. A veces 10 bolivianos por persona, a veces 20… Si eran muchos, más. También levantamos piedras y troncos donde no había bloqueadores.
Éxito: pudimos ingresar a la carretera y avanzar unos cuantos kilómetros. Pasamos por el peaje Vilaque-Copata e inexplicablemente nos cobraron básicamente por pasar por sus ventanillas. Ya eran pasadas las cinco de la tarde. Logramos pasar por Copata, Calamarca y llegar a Ajoya, donde nos indicaron que había bloqueos por Tholar y Ayo Ayo.
Así tuvimos que salir nuevamente de la carretera, esta vez hacia el oeste. Según las indicaciones, debíamos llegar hasta la vía del antiguo tren y seguir por ella. Así lo hicimos, por un camino de tierra recto y en regular estado, logrando pasar algunos bloqueos por la efectividad del aymara de Rubén y por los pagos realizados, hasta que nos encontramos en medio de la nada con una abuelita y sus dos nietos que habían bloqueado la ruta. Nada sirvió: tuvimos que dar vuelta y buscar otra ruta, aumentando el recorrido y alejándonos de la vía del tren.
Grupo mayor de bloqueadores
No podíamos desistir. Seguimos hasta un cruce de caminos más o menos grande, donde nos topamos con un grupo mayor de bloqueadores, todos hombres esta vez, que nos dijeron que debíamos reportarnos con las autoridades para pedir autorización para circular por ahí. Dos se subieron al vehículo y nos condujeron hacia la carretera principal. Ellos dirigían el rumbo y hablaban con otros bloqueadores para que nos dejen pasar porque íbamos camino a encontrarnos con las autoridades, aún no sé bien para qué. Habíamos perdido el control del rumbo.
Ya en la carretera principal tuvimos que ir en sentido contrario. Cruzamos a varias personas caminando con maletas, niños e incluso mascotas, que con gestos y gritos nos pedían que los ayudemos y los llevemos hacia algún lugar. Nuestros ocasionales acompañantes nos instruyeron que no transportáramos a nadie, porque eso ocasionaría la furia de los bloqueadores. Sentíamos miedo, rabia e impotencia. Era desgarrador ver a esas personas, exhaustas, caminando en la carretera, algunos con ropa ligera. Mi celular había perdido señal tanto con mi esposa como con mi hija. Ellas solo veían en tiempo real el trazo de mi trayecto: zigzag, en círculos, avanzando y retrocediendo. Ya estaba oscureciendo y cundía el hambre, pero no teníamos qué comer.
Cuando finalmente llegamos a hablar con las “autoridades”, estas eran solo mujeres. No quisieron oír ningún argumento y negaron rotundamente que podamos continuar hasta Patacamaya. Como una gran concesión, nos autorizaron avanzar solo hasta Ayo Ayo para no quedar en medio de la nada. Las mujeres, en este caso, mostraron más intransigencia y virulencia que los varones.
Desconsolados, avanzamos y, por buena fortuna, logré comunicarme con mi hija; le pedí que intentara conseguir algún auto que nos diera encuentro en Ayo Ayo. No consiguió ninguno. Teníamos que seguir. Rubén habló con una persona del lugar que, con muy buena voluntad, nos dio indicaciones para evadir el bloqueo. Indicaciones difíciles de comprender cuando no se utiliza derecha o izquierda y más bien funciona “arriba” y “abajo” en un terreno plano, o “aquicito” cuando en realidad son kilómetros; “hasta la estación”, ¿estación de qué?, “pasando los tubos” (¿tubos?). Lo único comprensible fue la vía del tren y, claro, la estación: una muy deteriorada y antigua estación de tren que solamente un ferrocarrilero reconocería.
Traté de convencerlo de que nos acompañara, por supuesto con el pago correspondiente. La respuesta fue no: no podía faltar al siguiente llamado de lista de los dirigentes porque lo sancionarían; se trataba de un bloqueador. No teníamos certeza de que las indicaciones fueran correctas ni de haberlas entendido bien. Nuevamente hasta las vías del tren y seguir hacia abajo, es decir, a la izquierda. Ya estaba oscuro. Íbamos con cautela, avanzábamos y retrocedíamos cuando el camino acababa. Dimos muchas vueltas hasta que nos topamos con un vehículo enorme, un Hummer, que antes habíamos visto estacionado en medio de la nada y con cuyos ocupantes no nos animamos a hablar en ese primer encuentro. Ahora no había otra alternativa. Se dirigía hacia el mismo destino. Se sumó otro vehículo con rumbo similar y entre los tres empezamos la búsqueda de alguna ruta para avanzar.
Un río fue lo que nos bloqueó. Empezó a llover y, en nuestra ingenuidad, creímos que los bloqueadores se irían a sus casas. De vuelta hasta Ayo Ayo: las fogatas se apagaron por la lluvia, pero la gente seguía ahí. Otra vez perdí la señal y estaba incomunicado.
Mientras tratábamos de encontrar alguna salida, se acercó una persona que creíamos estaba en uno de los vehículos de nuestra pequeña caravana. Nos dijo que él conocía la ruta, que nos había hecho señas con su linterna y que nos guiaría, como estuvo haciendo en días anteriores. Sorpresa: se trataba de un comunario que seguramente unos días bloqueaba y otros cobraba por guiar a los bloqueados. Se subió al vehículo. Por mi mente pasaron los peores pensamientos mientras nos internábamos en la oscuridad, con una lluvia persistente, por caminos desérticos: este era un chutero, pensaba yo, que nos atacaría, nos mataría y robaría el vehículo; tardarían días en encontrarnos en esa zona desamparada. ¡De qué manera la mente nos juega malas pasadas!
No solo no nos pasó nada, sino que el hombre nos condujo por muy buenas rutas alternas. Mientras avanzábamos nos dijo que se quedaría más o menos a medio camino y que nos indicaría cómo llegar a Patacamaya. Rogando y ofreciendo un pago mayor logramos convencerlo de acompañarnos hasta destino. Le dijimos que nosotros recogeríamos a las dos chicas y volveríamos de inmediato. Aceptó. Nos contó que la gente estaba realmente molesta porque el gobierno estaba “regalando” los recursos naturales y quitando poder a la Asamblea Legislativa (aunque no les importaba la eliminación del subsidio a los combustibles). También dijo que mucha gente estaba armada, “tienen ametralladoras de mil tiros”, nos dijo. Ni qué decir que esas rutas son de chuteros, contrabandistas, etc. Pasamos por Chaqueri y cerca de ahí nos dijo que estaba la casa de Túpac Katari.
Regateando pagos para poder pasar
Avanzamos por un largo trecho sin obstáculos hasta que llegamos a la cima de un cerro, en el que había un cruce de tres caminos bloqueado por unas 20 personas, entre hombres y mujeres, jóvenes y mayores, refugiados bajo un nylon. Tratamos de negociar y escuchamos que uno de los que quería pasar era autoridad y “que les dejaría paquetes”; no quisimos preguntar nada. Nos dijeron que esperemos una hora mientras pensaban si autorizaban el paso o no. La lluvia se volvió tormenta. Pasados 40 minutos, con señales de linterna, nos convocaron: estaban cubiertos por su techito de nylon, mientras nosotros permanecíamos bajo la lluvia:
– Les vamos a reconocer.
– Hay orden de que no pasen, lo siento…
– Les ofrecemos 10 bolivianos por vehículo
– Difícil está la cosa, no se va a poder.
– Ya, 20 por vehículo, no mejor 30.
– Nada señores, es bloqueo nacional…
– Por favor, 50 por vehículo.
– Esperen, vamos a pensar.
Nuevamente la linterna para indicar que habían acordado algo. Empezamos a pasar. Llamó mi atención que los recaudadores eran dos personas mayores: uno claramente con deficiencias visuales severas y la otra con deficiencias mentales. ¿Será real la creencia de que los locales creen que las personas con discapacidad tienen un don sobrenatural? ¡Pero pasamos!
A las 23:45 llegamos por fin a Patacamaya. Mi celular recuperó señal y contacté a mi hija y su amiga. Compramos pan, galletas y todo lo que pudimos. Cargamos maletas y partimos: mi hija, Sara, Rubén, el guía y yo. Tenía razón mi esposa de que no valía la pena que ella más viajara. Nos hubiera faltado un espacio.
En esos minutos, el guía había conseguido varios vehículos que buscaban cómo llegar a La Paz o lo más cerca posible. Consiguió cinco clientes. Partimos en una caravana de seis vehículos.
Llegamos al lugar donde el guía nos dejaba. Todos le pagamos. Nos dibujó un mapa y grabamos en audio las instrucciones: cuando aparezca la “Y” del camino, por la derecha; cuando sea la “V”, por la izquierda. ¡Qué confusión! Traté de convencerlo de que nos acompañara hasta El Alto. No lo logré, nos contó que debía caminar, desde ese lugar, unos 40 minutos a su casa y que estaba preocupado por su esposa, discapacitada. Lo vimos partir, un poco encorvado, en plena lluvia y con un cielo que parecía boca de lobo.
Nuestro vehículo lideraba la caravana; usamos el mapa y la grabación de las indicaciones, que escuchábamos una y otra vez, hasta que ya no supimos por dónde seguir. Hicimos reunión del grupo. Un conductor de otro de los autos dijo conocer el camino. Cambio de líder. Empezamos a seguir a un pequeño camión que a cada rato quedaba atorado en los barriales (estaba sin carga). Empujamos, jalamos e hicimos de carga para poder avanzar. Perdíamos el camino y teníamos que caminar con linternas para tratar de encontrar la huella perdida. Retomábamos la ruta, dábamos vuelta, cruzamos ríos, tapamos zanjas con las manos, levantamos piedras, troncos y llantas quemadas. Toda una odisea.
Noche lúgubre. Se veía muy poco y la lluvia y el barro que tapaba los faroles de los vehículos empeoraba las cosas. En un momento dado el grupo se dispersó y quedamos el camión, un minibús de Caranavi y nosotros. Íbamos muy lentamente, quizás a 10 km por hora. Y cuando menos lo esperamos, empezó a sonar la alarma de calentamiento de nuestro vehículo. Horror, no podíamos seguir. El chofer del camión, a quien habíamos ayudado en todo el trayecto, no nos ayudó y se fue. Una de cal y otra de arena: el chofer del minibús nos dio sus dos bolsitas de agua que había comprado para su consumo y uno de los pasajeros nos pasó un cuarto de botella de agua: solidaridad entre viajeros desesperados. Si el andar ya era lento, ahora teníamos que parar cada cierto tiempo para que enfriara el motor. Pese a los problemas, los otros conductores nos miraban con paciencia.
Por fin la madrugada
Era 9 de enero en la madrugada. Poco después empezó a clarear. Con la luz del nuevo día nos dimos cuenta de que nos habíamos alejado de nuestra ruta, porque quien nos guiaba priorizó su destino. Estábamos cerca de Viacha. Pensamos que ahí podríamos encontrar agua, y así fue, pero no de un grifo o de una tienda: la encontramos y recogimos de los charcos dejados por la lluvia. Estábamos atrapados en medio de dos bloqueos que no nos dejaban llegar a la ciudad ni salir de ahí. Dimos vueltas y más vueltas por más de tres horas. Parecía el juego del gato y el ratón: cuando encontrábamos una posible ruta de salida, los bloqueadores se movían para bloquearla, caminando, en minibús e incluso con tractores. Muchas vías que estaban en el mapa estaban cortadas por construcciones. Al final, una niña nos ayudó a salir de ese encierro.
Libres del bloqueo de Viacha, pero con el problema del calentamiento del motor, decidimos pedir agua a la primera persona que viéramos. Paramos. Rubén se acercó a una señora mayor, sola, en una pequeña y rústica construcción, con cinco o seis ovejas amarradas. Nos dio agua, Me acerqué y me fundí en un abrazo con la señora, agradecido por su ayuda. Le ofrecí un billete por su bondad. Ella, con su sabiduría y enorme dignidad, me dijo que no vendía el agua. Con un nudo en la garganta y vergüenza por mi torpeza le dije que no era por el agua, que era un regalo para que se compre algo que necesitara. Me miró con ojos de ternura y una sonrisa enorme. Cargamos agua en cuanto envase teníamos. Ella se dio cuenta de que no teníamos suficientes, entró a su casa y nos ofreció un par de botellas, sin cobrarnos, que nos ayudaron a llegar a casa. Este encuentro nos alivió el cansancio y la decepción; nos renovó la esperanza en la gente. En medio del abuso y la intransigencia, siempre existirá gente buena como las personas mencionadas en este relato, cuyos nombres siempre estarán en nuestros corazones.
Nos despedimos de la awicha con otro abrazo que no olvidaré nunca. Nos encontramos con un minibús. El resultado fue que se dio media vuelta y nos guió hacia la carretera, rumbo a Villa Remedios, desde donde Rubén conocía el camino a casa. No puedo identificar con claridad por dónde cruzamos la carretera principal, pero llegamos a los bordes de El Alto, que Rubén conocía, rumbo hacia Achocalla, no sin antes tener el último encuentro con un bloqueo de unas cinco personas agresivas e intransigentes, comandadas por una “autoridad” que no aceptaba nada de nada.
Era un cruce de caminos: nosotros de un lado, del otro tres vehículos; a nuestra izquierda, un taxi de un vecino del lugar que transportaba gente. Los que venían en sentido contrario al nuestro decidieron salir de la ruta y tratar de sortear el bloqueo. Los bloqueadores se movieron hacia ellos. El taxista, al ver eso, avanzó sobre unos ladrillos que impedían el paso. Uno de los bloqueadores, que usaba un auto muy viejo, intentó detener al taxi, dejando un espacio libre. Vimos la oportunidad.
– ¡Agárrense!
Dando tumbos y golpeando el vehículo, pasamos. No quedaba otra.
Lo habíamos logrado. Veinte horas después de haber partido, llegamos a casa.
Antonio Ochoa es abogado.



















