Marruecos entra en escena en Bolivia por negocios, litio y el agro boliviano

El embajador de Marruecos en Bolivia, Amin Chaoudri, sonríe antes de empezar, como si supiera que esta historia no comienza en el presente sino en una pausa larga. Bolivia y Marruecos llevan más de sesenta años de relación, pero durante demasiado tiempo ese vínculo existió apenas como una formalidad.

“Efectivamente hemos tenido lo que llamamos en diplomacia casi una relación congelada”, dice, sin rodeos.

La explicación, en su versión más directa, apunta al Sahara. Durante años, Bolivia reconoció a la República Árabe Saharaui Democrática, una decisión que Marruecos considera incompatible con su integridad territorial. Ese fue el punto de tensión.

Hasta que algo cambió

“El 24 de febrero de este año se dio un giro de timón y Bolivia suspendió el reconocimiento a esta autoproclamada república”, recuerda. La frase no se queda en lo descriptivo: abre una puerta.

A partir de ahí, el lenguaje diplomático se vuelve más dinámico. “Ahora mismo estamos a la hora de abrir una nueva página entre los dos países de cooperación… abrir nuevos horizontes”, plantea.

Ese giro, que en apariencia es técnico, tiene una carga política más profunda. En la práctica, redefine el lugar de Bolivia en un tablero donde las posiciones ya no son solo ideológicas, sino estratégicas. La diplomacia deja de ser un gesto simbólico para convertirse en una herramienta de inserción internacional. En ese tránsito, Marruecos aparece como un socio posible, pero también como un actor que ofrece una lógica distinta de relacionamiento.

La escena se desplaza hacia Santa Cruz, y el tono también cambia. Menos historia, más presente. Más economía.

“Estamos en una ciudad agroexportadora por excelencia”, observa. Y enseguida aparece el primer puente concreto: “teniendo la agroexportación se necesita fertilizantes. Marruecos es el primer país con mayor reserva del mundo de roca de fosfatos”.

La lógica es inmediata, pero no es la única.

“Si lo hacemos en comparación, aquí hay litio. Marruecos fabrica hoy en día más de 700.000 autos al año, la mayoría son eléctricos. Necesitamos litio para la batería”, explica. No hace falta forzar la idea: el intercambio aparece casi como una consecuencia natural.

La complementariedad, sin embargo, no se agota en ese intercambio directo. “Hay tantas cosas en común”, resume el embajador, antes de ampliar el mapa: fertilizantes, litio, logística, energía. La idea no es solo vender y comprar, sino construir una relación más amplia. “Vamos a empezar a construir esta relación con pasos firmes… con una proyección de futuro muy amplia”, anticipa.

Aun así, el planteamiento no se limita a materias primas. Chaoudri amplía el mapa y lo convierte en geografía económica. Habla de plataformas logísticas, de rutas, de conexiones.

“Marruecos tiene una plataforma logística en el puerto de Tánger donde el producto agroexportador de Bolivia puede beneficiarse para exportar hacia Europa”, detalla.

Y entonces aparece una definición que ordena todo: “nos consideramos la puerta de entrada… el puente entre el mundo árabe y el mundo africano hacia esta parte del mundo”.

Esa idea de puente no es abstracta. Se traduce en proyectos concretos. El más ambicioso: un gasoducto que conectará Nigeria con Europa atravesando trece países.

“Es un proyecto de gas, es un proyecto geopolítico también, es un proyecto de visión de futuro”, resume.

Pero ningún proyecto —por grande que sea— se sostiene sin condiciones. En ese punto, la conversación se vuelve más estructural.

“Cuando uno tiene estabilidad política… seguridad jurídica… formación e infraestructura, tiene mucha inversión extranjera”, señala. Y esa inversión, en su lectura, es la que permite transformar un país.

El ejemplo es Marruecos. “En los años 90 la agroexportación era más del 40%. Hoy está al 26, 27%. Y la industria… hoy está al 27%”, explica. No cualquier industria: automotriz, aeronáutica, tecnología.

El dato se vuelve imagen cuando menciona a los gigantes del sector. “Hoy en día tenemos Boeing, Airbus, Safran, Lockheed Martin… no hay ningún avión que esté sobrevolando el mundo que no tenga por lo menos una pieza hecha en Marruecos”.

El recorrido económico se completa con otro pilar: el turismo. “Recibimos 20 millones de turistas hoy en Marruecos”, apunta. La cifra no necesita adornos. Funciona sola.

El turismo, además, sirve como vitrina. No solo genera ingresos, sino que proyecta una imagen país. En ese terreno, Marruecos ha logrado posicionarse como destino global, combinando cultura, infraestructura y estabilidad, tres factores que no siempre coinciden en la región.

En ese flujo global, Bolivia aparece como un destino posible. No como competencia, sino como oportunidad compartida. Santa Cruz, otra vez, en el centro de la escena.

Pero cuando la conversación se acerca a cifras concretas de negocios —exportaciones de carne, volúmenes, proyecciones—, el embajador introduce una pausa.

“Primero… lo más importante es crear el clima de intercambio comercial”, plantea. Y enseguida delimita las condiciones: “seguridad jurídica… confianza… que el empresario pueda empezar a establecer esa relación”.

El énfasis no está en cuánto, sino en cómo

Mientras tanto, algo empieza a moverse. “Ya hemos empezado a recibir interés por parte del empresariado marroquí para venir acá a Bolivia”, revela. Y define un perfil: “el marroquí no es un empresario que es muy conservador, es al revés. Se abre a todo el mundo”.

La relación también encuentra otros caminos. La educación, por ejemplo. Convenios entre universidades, cooperación académica.

“La cooperación interuniversitaria une muchísimo… es la construcción del mañana”, dice.

Y entonces, sin aviso, la conversación cambia de ritmo. Entra el fútbol. Ahí el tono se vuelve más ligero, más cercano.

“Hay un dicho en Marruecos… lo imposible no es marroquí”, comenta. Y no es solo una frase: es una síntesis de política pública.

Marruecos será sede del Mundial 2030 junto a España y Portugal, y el objetivo no es simbólico. “Hoy no jugamos para participar… hoy jugamos para ganar”.

Detrás de esa ambición hay planificación. Formación, infraestructura, inversión. “El fútbol es una máquina de hacer dinero… es inversión”, resume.

En ese cruce, Bolivia también aparece. Dos jugadores bolivianos compiten en clubes marroquíes. Un detalle pequeño, pero significativo.

“Lo que queremos es que Bolivia esté en el Mundial”, dice, y la sonrisa vuelve.

La escena se cierra con una mezcla de entusiasmo y cautela. Hay interés, hay coincidencias, hay posibilidades. Pero también hay una condición que se repite, casi como una línea de base.

“Vamos a empezar a construir esta relación con pasos firmes… con una proyección de futuro muy amplia”. El resto —los negocios, los acuerdos, las cifras— vendrá después.

Sourceel deber

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