Takesi, el café boliviano de especialidad que llegó a los mercados más exigentes

En 2001, un especialista colombiano recorrió una propiedad de los Iturralde en Sud Yungas y vio algo que otros no veían. El suelo y la altura, dijo, podían producir un café extraordinario. Carlos Arturo Iturralde Ballivián decidió probarlo. Un año después sembraron las primeras plantas de Typica. No había un manual para cultivar café en esas condiciones.

Así comenzó Takesi. Lo que Mariana Iturralde, actual gerente general, define como un “sueño loco” necesitó años antes de demostrar que podía convertirse en empresa. La finca está en Yanacachi, entre los 1.850 y 2.300 metros sobre el nivel del mar, donde el café madura lentamente.

En 2009 llegó la primera gran confirmación. Takesi ganó la Taza de Excelencia de Bolivia con 93,36 puntos y comenzó a llamar la atención de compradores internacionales. Al año siguiente recibió semillas de Geisha procedentes de Panamá. Hubo que esperar otros cuatro años. En 2014 cataron la primera cosecha. “Supimos que habíamos encontrado nuestro diamante”, recuerda Mariana.

Hubo momentos en los que pensaron en abandonar. En esas alturas todo demora más y un error puede comprometer una cosecha. El comercio directo y un mercado estable ayudaron a sostener el proyecto. “Takesi no nació de una certeza, sino de la perseverancia y la resiliencia”, resume Iturralde..

Hacer que primero hable el café
Con producción limitada y procesos prácticamente manuales, competir por volumen con las grandes potencias cafeteras no tenía sentido.

No podíamos competir por escala; nuestra única posibilidad era hacer algo excepcional”, explica Mariana. La altura que parecía una limitación terminó definiendo el negocio. La empresa concentró sus esfuerzos en selección manual, trazabilidad y cuidado de cada etapa. “Queremos crecer, sí, pero no crecer por crecer. Si el crecimiento compromete la calidad, no tiene sentido para nosotros”.

La finca tiene ocho hectáreas productivas. Allí crecen Catuai rojo y amarillo, Java, Maragogipe y Geisha. Las pendientes llegan al 60% y 70% y buena parte del trabajo se hace a mano. Cada fruto se recoge tras comprobar su color y madurez; luego continúa un proceso de selección para retirar defectos.

Esa pequeña escala comenzó a recorrer el mundo. La empresa construyó relaciones directas y de largo plazo con tostadores de Japón, Dinamarca, Emiratos Árabes Unidos, Australia, Canadá y Estados Unidos. Y tomó una decisión: el origen debía acompañar siempre a la marca.

Japón fue determinante. La relación con Maruyama Coffee comenzó en 2009, tras la Taza de Excelencia, y se consolidó después. En 2014 el tostador japonés comenzó a trabajar también con el Geisha.

“Japón nos confirmó que un café boliviano podía competir en uno de los mercados más rigurosos del mundo”, sostiene Iturralde. Y dejó otra enseñanza: una cosecha extraordinaria puede abrir una puerta; permanecer exige repetir la calidad, cuidar los detalles y cumplir.

Una marca, 25 años
Bolivia no es reconocida internacionalmente como una de las grandes naciones cafeteras. Takesi necesitó construir su reputación y, al mismo tiempo, colocar el nombre del país frente a compradores acostumbrados a otros orígenes.

“Hicimos que primero hablara el café”, explica Mariana. La validación de 2009 abrió el camino y el Geisha reforzó después el posicionamiento, pero ninguna distinción construye por sí sola una marca. La clave fue sostener la calidad cosecha tras cosecha y cultivar relaciones duraderas.

Alrededor de 15 personas trabajan directamente en la operación: unas 12 en la finca y tres en La Paz. Ese equipo permitió acumular conocimiento durante un cuarto de siglo.

“Takesi no transformó por sí solo la caficultura boliviana, pero sí demostró que Bolivia puede producir cafés extraordinarios”, afirma Iturralde. Para ella, el verdadero legado está en las personas y en el conocimiento construido durante 25 años.

Del sueño del padre al legado
Para Mariana, construir una marca boliviana de alto valor comienza por el producto, no por el marketing. Implica conocer el origen, documentar procesos, garantizar trazabilidad, formar equipo y relacionarse directamente con compradores que reconozcan la calidad.

También aprendieron qué no hacer: crecer antes de dominar el proceso, prometer volúmenes imposibles o buscar reconocimiento inmediato. “Una marca no se construye con una campaña ni con una sola cosecha; se construye cumpliendo, aprendiendo y manteniendo la calidad e innovación año tras año”.

Veinticinco años después, la apuesta de Carlos Arturo Iturralde encontró continuidad en su hija. Lo que parecía imposible terminó convertido en una marca que lleva el origen boliviano a mercados internacionales sin abandonar la pequeña escala que la hizo diferente.

Mariana ya piensa en las próximas dos décadas. Quiere que Takesi sea sinónimo de sostenibilidad, innovación, excelencia, integridad, pasión y origen boliviano.

SourceEl Deber

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