Las lluvias, plagas y bajos precios acorralan a productores del agro

Epifanio Zurita tiene 60 años y camina lento por los surcos de su parcela, como si cada paso pesara más de lo habitual. Se agacha, mete la mano entre las plantas y arranca unas vainas de soya que ya debieron estar en el silo y no aquí, expuestas al cielo que se tiñó de un gris intenso. Las aprieta entre los dedos. Están húmedas, blandas. Las abre. El grano —ese al que llaman “de oro”— aparece cubierto por un moho negruzco. Sus manos, ásperas y curtidas por décadas de trabajo, sostienen la prueba de la derrota. No levanta la voz, pero la cifra cae como un golpe seco: “He perdido 20.000 dólares en esta campaña”.

Luego suelta el hilo de la historia completa, sin adornos. La falta de diésel retrasó la cosecha de sus 20 hectáreas. Cuando por fin había condiciones para entrar al campo, la lluvia volvió y terminó de arruinar lo que quedaba. No fue un error de cálculo; fue una cadena de fallas.

“Todo esto está perdido. Ya no hay nada que hacer”, remata.

Pero el problema no termina en el clima. Zurita vuelve sobre un punto que se repite entre los productores: el combustible. “Lo único que pedimos es que nos abastezcan con diésel”, insiste.

El suyo no es un caso aislado. En el Norte Integrado, especialmente en San Pedro, la campaña de verano se convirtió en una carrera perdida contra el tiempo. Las lluvias intensas, la escasez de diésel, las plagas y los precios deprimidos armaron una tormenta perfecta que hoy golpea a los productores.

Entre febrero y marzo, el agua cayó sin tregua. Abril ofreció una ventana breve, apenas suficiente para intentar salvar algo de la cosecha. Pero el suministro irregular de combustible volvió a frenar las máquinas. Y en el campo, cuando se pierde tiempo, se pierde todo. Así, entre retrasos y nuevas precipitaciones, al menos 50.000 toneladas de grano quedaron prácticamente ahogadas, convertidas en una cifra de pérdida que se escurrió entre el barro.

Las lluvias, plagas y bajos precios acorralan a productores del agro
Epifanio Zurita arranca unas vainas de soya que quedaron arruinadas por las inclemencias del tiempo, que afectaron la cosecha./Fuad Landívar

El resultado es una campaña que, incluso para quienes tienen maquinaria y cierta espalda financiera, terminan en números rojos. “Yo mismo voy a quedar con algo de deudas”, admite Zurita.

“Si sacamos dos toneladas, apenas empatamos. No queda nada para el capital de operación”, dijo.

Con agua y sin diésel

En San Pedro, el cielo no da tregua y el diésel tampoco. Entre nubes bajas y caminos pesados por la lluvia, Vidal Choque mira su campaña con la sensación de que todo se le vino encima al mismo tiempo. “Los pronósticos están muy adversos y nos está afectando tanto en la cosecha como en la preparación para la siembra de invierno”, dice, mientras enumera problemas que ya no llegan de a uno, sino en combo.

La cosecha avanza a medias. No porque falte voluntad, sino por falta combustible. Choque explica que, pese a los anuncios de regularización, el diésel no alcanza para terminar de levantar los granos que aún quedan en el campo. “Muchos productores, como yo, todavía tenemos pendiente cosechar, pero no está abasteciendo. No sabemos qué está pasando”, señala.

Y la lluvia es cruel. Las precipitaciones excesivas frenaron el desarrollo de los cultivos, favorecieron plagas y enfermedades, y terminaron por golpear en el peor momento: la cosecha.

“Hay productores que han perdido arroz y soya por inundaciones, y otros que, al momento de cosechar, han visto cómo el grano se pudre en la planta”, relata.

En el caso de la soya, el margen de error es mínimo: bastan cuatro o cinco días seguidos de lluvia para que el grano se arruine. Se forma moho, baja la calidad y el castigo es inmediato. Las industrias rechazan la carga o aplican descuentos que pueden llegar a la mitad del volumen. Un camión que sale lleno puede volver con pérdidas de hasta 10 toneladas.

El golpe no termina ahí. Los precios tampoco acompañan. Choque lo resume sin rodeos: “Nos sorprendieron”. La tonelada de soya se mueve entre 400 y 410 dólares, mientras que los costos de producción —entre insumos, maquinaria y labores— oscilan entre 700 y 900 dólares por hectárea.

El resultado, una ganancia marginal que no cubre lo invertido.

Las lluvias, plagas y bajos precios acorralan a productores del agro
Los productores esperan hace días la llegada de combustible en un surtidor del municipio de San Pedro./Foto: Fuad Landívar

En paralelo, el mercado informal del diésel empieza a crecer al ritmo de la escasez. Las filas en los surtidores se alargan y aparecen los revendedores. “Algunos están comprando a 12 o 15 bolivianos el litro”, cuenta Choque, describiendo un escenario donde la necesidad empuja a pagar más caro para no perderlo todo en el campo.

Para un productor de 50 hectáreas, el requerimiento de combustible no es menor: entre 5.000 y 8.000 litros para cubrir todo el ciclo productivo, desde la preparación hasta la cosecha.

Hoy, ese volumen simplemente no está disponible de forma regular. En medio de este panorama, el pedido es directo: “necesitamos el diésel para seguir trabajando”.

“El productor es quien alimenta. De la soya, el maíz, el sorgo, el arroz salen todos los derivados. Es algo primordial”, reclama.

Daño

En el norte cruceño, las pérdidas del sector agrícola saltan a simple vista: hectáreas vacías, surcos sin cosecha y campos donde el agua decidió el final de la campaña. “Se han perdido unas 50.000 hectáreas”, dice Juan Pablo Espinoza, presidente de Anapo filial Norte, poniendo cifras frías a la campaña de verano de este año.

Es una quinta parte de las cerca de 250.000 hectáreas que se siembran en toda esa franja productiva, que comprenden San Pedro, Murillo, Litoral y Hardeman.

El río Piraí fue el primero en dar la estocada. Avanzo sin permiso y cubrió cultivos enteros. Lo que quedó después “ya es cosa perdida”, resume Espinoza.

Ahora solo esperan que el agua termine de retirarse para ver qué queda del terreno. Pero incluso ese paso viene cargado de dudas: volver a sembrar no es seguro. El miedo a otra crecida, a otra lluvia desbordada, pesa tanto como la necesidad de producir.

El dirigente sostiene que el campo demanda una solución estructural, no de emergencia. Es decir, defensivos para evitar que en cada temporada se repita la misma historia. “Es un trabajo grande, pero es la única forma”, advierte.

En los surtidores de la zona, según pudo comprobar EL DEBER hay días en que simplemente no llega el diésel. Las filas crecen, al igual que la incertidumbre.

La campaña, además, fue terreno fértil para plagas y enfermedades. La humedad constante disparó la aparición de chinches y otras pestes que devoraron hojas y redujeron rendimientos.

Y ahí aparece otro nudo: los costos. Muchos productores compraron insumos cuando el dólar estaba más alto, entre 10 y 11 bolivianos, proyectando precios de venta similares a la campaña pasada. Pero el mercado jugó en contra.

Hoy, la soya ronda los 400 a 410 dólares por tonelada, lejos de los 620 que pagaban antes. Con descuentos por calidad —más frecuentes este año por el daño del grano— el ingreso real cae a 370 o 380 dólares. La brecha es directa: se produce caro y se vende barato.

“No va a haber ganancias esta campaña”, sentencia Espinoza.

Algunos productores evalúan dejar de sembrar, otros piensan en alquilar sus tierras. El golpe es más duro para quienes no tienen maquinaria propia. Con estos números, simplemente no alcanza.

Ley de cambio de tierras

En ese escenario, la posibilidad de refinanciar deudas aparece como un salvavidas. Recientemente el presidente promulgó la Ley 1720 que permite la reconversión de predios pequeños a medianos. Esto es visto como un salvavidas por los productores que ahora podrán, de forma voluntaria, poner como garantía sus predios para acceder a créditos más flexibles.

Espinoza espera que esta medida se aplique rápido, para que los bancos activen créditos con condiciones más accesibles.

En la práctica, explica Choque, la diferencia no es menor: pasar de créditos informales o comerciales, con intereses que pueden llegar al 5% mensual o incluso al 18% anual, a préstamos bancarios con tasas que rondan entre el 6% y el 11% anual.

Para quien vive del campo, ese cambio, es estructural. “Antes teníamos que acudir a prestamistas o casas comerciales. Ahí no te hacen valer nada, ni tu tierra ni tu maquinaria. Y si no pagás, prácticamente estás perdido”, dijo.

Katia Zurita, productora, lo resume sin rodeos: después de una campaña marcada por pérdidas, inundaciones y deudas, la posibilidad de reconvertir predios pequeños en medianos aparece como una salida concreta para seguir en pie.

Zurita sostiene que la norma abre una puerta clave: el acceso al crédito bancario.

“Es algo beneficioso, porque permite a los pequeños productores convertirse en medianos y así acceder a financiamiento para cubrir costos o paliar deudas”, explica.

Ejecutivo promete diésel

En este contexto, el ministro de Desarrollo Productivo, Óscar Mario Justiniano, afirma que el abastecimiento de diésel comenzará a estabilizarse en los próximos días, según reportes de YPFB, en medio de una crisis que golpea a productores, transportistas y estaciones de servicio en varias regiones del país.

La autoridad admitió que Bolivia atraviesa un “momento crítico”, especialmente porque coincide con la etapa de cosecha —como la caña de azúcar y la producción de etanol—, lo que aumenta la presión sobre el suministro. En ese contexto, aseguró que el Gobierno trabaja para normalizar la provisión tanto en el sector productivo como a nivel nacional en las próximas horas.

Mientras tanto Epifanio camina unos metros más y vuelve a mirar el terreno. No hay rabia, solo resignación. Lo que debía entrar al silo se quedó ahogado por el agua y la falta de diésel. Y así, sin ruido, la campaña se pierde en el mismo lugar donde empezó.

Cifras

410 dólares la tonelada. Es el valor que tiene la soya en el mercado, el año pasado llegó a 600 dólares

800 dólares. Es el costo de producción por hectárea que asumen los agricultores para cubrir insumos, semillas y otros implementos.

Sourceel deber

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