Biocomercio es la riqueza natural que Bolivia quiere convertir en más divisas

Una vaina de tara llega a la planta de Boltrade, en Tomina, Chuquisaca, y se divide en dos caminos industriales. De su cáscara se obtiene harina rica en taninos para curtir cueros; de la semilla, una goma utilizada en alimentos, medicamentos y cosméticos. El fruto de un árbol andino termina convertido en insumo para fabricar desde asientos de automóviles hasta helados.

La planta, de 2.200 metros cuadrados, puede absorber toda la producción nacional actual, pero su capacidad supera la oferta disponible. Según Martin Beaurivage, director de la organización canadiense Socodevi, requeriría 6.000 toneladas al año, equivalentes a 1,5 millones de árboles en producción.

La fábrica está lista; faltan vainas para llenar sus máquinas. La cadena articula a 2.695 empresas familiares de 51 municipios de seis departamentos y la meta es llegar a 3.000 familias. Con unas 500 plantas, sostiene Beaurivage, un hogar podría generar hasta $us 3.000 anuales sin abandonar sus otros cultivos.

La tara crece en tierras pobres, necesita poca agua y resiste sequías. A partir del tercer año también soporta heladas. Como leguminosa, fija nitrógeno y mejora el suelo. Para aprovecharla no se tala el árbol: su valor está en la vaina.

Hace más de una década, la tara boliviana salía como materia prima hacia Perú y Uruguay. Ahora puede transformarse dentro del país. Socodevi prevé transferir su participación en Boltrade a la organización nacional de productores al alcanzar la autogestión. Las familias dejarían de ser proveedoras para convertirse en socias de la industria.

El caso de Tomina permite entender una oportunidad mayor. La tara integra una generación de productos que lleva la biodiversidad a cadenas de valor y mercados internacionales. Son las neoexportaciones: “los menos tradicionales de los no tradicionales”, como los define Martín Salces, gerente general de Cadex.

El biocomercio comprende la producción, transformación y venta de bienes y servicios derivados de la biodiversidad nativa bajo criterios ambientales, sociales y económicos. No basta con que un producto sea natural: su aprovechamiento debe conservar el recurso y distribuir sus beneficios de manera justa.

Cadex sostiene que este segmento representa el 17% del comercio mundial. Para Bolivia, la oportunidad aparece cuando necesita ampliar exportaciones, generar empleo rural y atraer divisas. “La biodiversidad boliviana no debe exportarse únicamente como recurso natural; hay que agregarle valor”, afirma Salces.

Algunas cadenas se exportan. La castaña amazónica genera entre $us 160 millones y $us 170 millones; la quinua real se aproxima a $us 100 millones, el café alcanza $us 13 millones y el cacao orgánico mueve alrededor de $us 3 millones. Detrás avanzan el asaí, la almendra chiquitana, la miel nativa, el cusi y el copaibo.

El cacao mide la distancia entre vender un fruto y desarrollar una industria. Bolivia cosecha unas 500 toneladas, valoradas en $us 3 millones, mientras los chocolates para confitería y repostería mueven $us 59.500 millones al año en el mundo. La mayor parte del negocio aparece después de la cosecha: transformación, certificación, marca y distribución.

La oportunidad no es nueva. En 2007, un informe del Instituto Boliviano de Comercio Exterior identificó 15 productos con potencial, entre ellos cacao, castaña, maca, miel nativa, fibra de vicuña, jatata y aceites de cusi, majo y copaibo. Ya entonces se hablaba de financiamiento, certificaciones y mercados.

Javier Coimbra, de la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano, recuerda que en 2008 “todo eran sueños y esperanzas”. Ahora observa resultados y productos próximos a exportarse. La almendra chiquitana es uno de ellos, pero deja una lección: encontrar un fruto valioso en el bosque no crea un negocio. Se necesitan productores organizados, inversión y visión de largo plazo.

Ese sigue siendo el “centavo para el peso”. Las nuevas cadenas requieren producción, calidad homogénea, capital, registros sanitarios, certificaciones, logística y compradores.

La tara muestra que el tránsito de la biodiversidad a la industria es posible. El desafío no consiste en repetir proyectos aislados, sino en construir cadenas competitivas que paguen mejor a los productores, procesen la materia prima dentro del país y lleguen con productos terminados a los mercados.

SourceEl Deber

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