Mario Anglarill: “En Bolivia se puede construir una empresa de clase mundial”

Mario Anglarill Salvatierra convirtió en cinco décadas un pequeño emprendimiento familiar en Sofía, una de las principales empresas de alimentos de Bolivia. Empezó junto a su esposa, Maida, y construyó una cadena productiva propia, desde la reproducción avícola hasta la mesa. Empresario de intuición, trabajo y palabra cumplida, atribuye a su familia buena parte de las decisiones que marcaron su camino.

Hace 50 años usted y su esposa iniciaron un pequeño emprendimiento familiar. Si pudiera volver a 1976, ¿qué consejo le daría a ese joven empresario que recién comenzaba esta aventura?

Le diría que no cambie nada, pero que duerma un poco más tranquilo, porque todo lo que soñaba se va a cumplir. Y le repetiría lo que aprendí de niño, que nunca hay que dejar a medias algo que se ha empezado. Nací el 2 de enero, el primer día hábil del año, y siempre pensé que eso marcó mi norte, que vine al mundo a trabajar. A ese joven que leía todo texto de avicultura que caía en sus manos le diría que confíe en su intuición, que escuche a su madre y a su esposa, que fueron mis mejores consejeras, y que no le tenga miedo a los tropiezos, porque de cada error se aprende más que de cualquier acierto.

Cuando mira hacia atrás, ¿cuál cree que fue la decisión que cambió para siempre la historia de Sofía?

Hubo varias, pero hay una que recuerdo con especial cariño. En 1983 andaba dándole vueltas a un negocio de patos, y en medio de esa reflexión me hice una pregunta sencilla: "¿por qué no hacer reproducción de pollos?. Esa pregunta lo cambió todo, ya venía produciendo huevos fértiles de pollos de engorde y esa experiencia allanaba el camino. Dejamos de depender de terceros y empezamos a construir una cadena propia, desde el huevo fértil hasta la mesa de las familias bolivianas. Después vino otra decisión que no fue de negocios sino del corazón. Una noche, debajo de un árbol de manga en una de nuestras granjas, decidimos con Maida que la empresa llevaría el nombre de mi madre, Sofía. Ninguna consultora nos hubiera dado un mejor consejo.

Mario Anglarill: “En Bolivia se puede construir una empresa de clase mundial”
Mario Anglarill y su esposa Maida, fundadores de la empresa Sofía

En cinco décadas hubo crisis económicas, cambios políticos y transformaciones del mercado. ¿Cuál fue el momento más difícil para la empresa
y cómo lograron superarlo?

A fines de los noventa se juntó todo. Una sequía terrible, una crisis económica regional y un banco que, pese a que yo cumplía puntualmente mis compromisos, decidió cortar las líneas de crédito a todo el sector agropecuario. Sentí que se me cerraban las puertas. Tuve que hacer un largo peregrinaje por todos los bancos posibles para reunir los recursos y salir de esa situación injusta. Ahí comprobé el dicho de que no hay mal que por bien no venga, porque de esa peregrinación nacieron relaciones financieras que acompañaron nuestro mayor crecimiento. La lección es que una trayectoria de cumplimiento y de trabajo serio es el mejor capital que puede tener una empresa, y ese capital no se improvisa en la urgencia, se construye durante décadas.

Usted ha construido una empresa familiar que hoy es referente nacional. ¿Cómo se transmite una cultura empresarial de una generación a otra sin perder la esencia del fundador?

Con el ejemplo, no con discursos. Mis cinco hijos no heredaron un cargo, se lo ganaron trabajando muchos años en la empresa y conociendo todas sus áreas. Cuando llegó el momento de definir quién asumiría la gerencia general, no lo impuse yo. Lo decidieron ellos mismos, entre hermanos, con madurez y consenso. Ese día supe que la cultura ya estaba transmitida. Siempre lo explico con una imagen. Al principio, Maida y yo teníamos que empujar la carreta día y noche; ahora, con nuestros hijos al frente, muchas veces lo que nos toca es tratar de frenarla. Y detrás de los hijos vienen los nietos, que traerán ideas nuevas y la savia que toda empresa necesita.

Mario Anglarill: “En Bolivia se puede construir una empresa de clase mundial”
La familia Anglarill se mantiene al mando de Sofia, en pleno relevo generacional
Bolivia vive uno de sus momentos económicos más complejos. Desde la experiencia de medio siglo haciendo empresa, ¿qué le preocupa más del presente y qué oportunidades sigue viendo para el país?

En medio siglo he visto pasar gobiernos de todo tipo, crisis, hiperinflaciones y sequías, y Bolivia siempre encontró la forma de salir adelante. Lo que más me preocupa no es la dificultad en sí, porque a las dificultades les tengo respeto, no miedo. Me preocupa todo aquello que frena al que quiere trabajar, que castiga al productor y encarece el alimento de las familias. La libertad sin orden no funciona. Pero hay un enemigo peor que cualquier crisis, y es la falta de fe en el boliviano. Yo sigo viendo lo mismo que vi en 1976, un país con una capacidad enorme de producir sus propios alimentos y una gente talentosa y trabajadora que logra cosas que parecían imposibles. El que apuesta por Bolivia con trabajo serio y visión de largo plazo, tarde o temprano cosecha.

¿Qué principios nunca ha estado dispuesto a negociar, aun cuando hacerlo hubiera significado ganar más dinero o crecer más rápido?

La honestidad y el valor de la palabra. Mi madre nos inculcó desde niños la honradez, la humildad y el apego al trabajo, y esos valores fueron la brújula de la empresa. Jamás sacrifiqué la calidad de un producto por ganar unos centavos más. Aprendí temprano, y a golpes, que lo barato sale caro, y que en el negocio de los alimentos la confianza de la gente es sagrada. Se tarda décadas en construirla y basta un descuido para perderla. Por eso nunca negocié el cumplimiento de mis compromisos, ni con los bancos, ni con los proveedores, ni con el Estado, ni con nuestra gente. Crecer más despacio, pero con la frente en alto, ese fue siempre el trato.

Detrás de un empresario exitoso siempre hay renuncias. ¿Qué sacrificios personales le exigieron estos 50 años de trabajo?

Mario Anglarill: “En Bolivia se puede construir una empresa de clase mundial”
Anglarill cuenta cinco décadas de una historia de sacrificio y éxito empresarial
El tiempo, sobre todo el tiempo. Durante muchos años trabajé en la banca de día y en las granjas el resto de las horas, quitándole tiempo al descanso y a la familia. Quien más sacrificó fue Maida. Ella se involucró entera en las granjas, e incluso embarazada, o con un bebé a cuestas, hacía de chofer para transportar los huevos fértiles hasta la planta de incubación. También lidié durante décadas con un problema de audición que me alejó de muchos espacios donde un empresario necesita estar, escuchar y opinar.

Pero no lo llamaría sacrificio. Cuando uno hace lo que ama, junto a la mujer que ama, el esfuerzo se disfruta. Por algo titulé mis memorias "Recuerdos de una vida plena.

Si Sofía pudiera resumirse en un solo valor, ¿cuál sería y por qué ese principio ha logrado mantenerse vigente durante cinco décadas?

La confianza. Está hasta en nuestra frase: En Sofía se Confía, y no es un eslogan, es una biografía. La empresa lleva el nombre de mi madre, y al nombre de una madre no se le pone cualquier cosa. Se le pone a algo que uno se compromete a cuidar toda la vida. La confianza ha permanecido vigente cinco décadas porque se renueva todos los días, en cada producto que llega a la mesa de una familia boliviana. Alimentar la confianza es, en el fondo, nuestro verdadero oficio. El día que una empresa deja de ganársela, empieza a despedirse, aunque sus números todavía digan lo contrario.

¿Qué legado espera dejar no solo a su familia y a quienes continuarán la empresa, sino también al empresariado boliviano?

Que crean en el boliviano. Nuestra historia demuestra que en Bolivia se puede empezar de la nada y construir una empresa de clase mundial, sin atajos, con trabajo, honestidad y fe en Dios. Pero la nuestra no es una historia excepcional, es la historia de miles de bolivianos que todos los días superan sus limitaciones y logran lo que parecía imposible. A las empresas que ya crecieron les diría que les toca acompañar, compartir lo aprendido y celebrar el éxito de los demás. Escribí mis memorias precisamente para eso, no para figurar, sino para que algún joven que esté por emprender encuentre en mi experiencia algo que le sirva de guía. Esmérense en todo lo que hagan, no se conformen, den más de sí, porque siempre habrá un ojo que observe el esfuerzo y vele por la recompensa.

Dentro de otros 50 años, cuando alguien vuelva a contar la historia de Sofía, ¿qué le gustaría que dijeran sobre Mario Anglarill Salvatierra?

Que fue un hombre que amó a su familia por sobre todas las cosas, que trabajó sin tregua y que cumplió su palabra. Que junto a Maida, su compañera de toda la vida, crió cinco hijos que fueron su mayor orgullo, mucho más que cualquier empresa. Que le puso a su obra el nombre de su madre, para que cada vez que un boliviano diga, sin saberlo, esté honrando a una mujer cariñosa, trabajadora y visionaria. Y que su historia sirvió para que otros bolivianos creyeran en sí mismos. Si dentro de 50 años dicen eso, y Sofía sigue alimentando la confianza en la mesa de las familias bolivianas, entonces habrá valido la pena cada madrugada.

SourceEl Deber

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