“No alcanza”, dice la gente en la calle, mientras la inflación apunta a dos dígitos en 2026

Más allá de los complejos tecnicismos macroeconómicos, la palabra inflación es sinónimo de miedo. El término está tan arraigado en el lenguaje cotidiano que ya no necesita explicación: basta con ir al mercado o pagar una consulta médica para entenderlo. María Eugenia Guzmán lo resume sin rodeos. Jubilada, con gastos crecientes en salud y alimentación, asegura que teme que la crisis se profundice. “La plata no alcanza”, dice, frase que refleja un contexto duro, con precios cada vez en alza en Bolivia.
La escena es cotidiana. Primero las filas en hospitales públicos, que en su mayoría están en paros intermitentes, consultas que se trasladan al sector privado y un gasto inesperado que rompe cualquier presupuesto.
“Esta mañana fui y otra vez paro. Nadie nos avisó, hicimos cola… y hay que buscar médico particular”, cuenta María Eugenia.
Lo que antes era un derecho accesible se ha convertido en una carga económica adicional. En su caso, como en el de miles de bolivianos, la inflación no es un dato, sino una asfixia para su economía.
Pero la presión no termina ahí. El mercado, ese termómetro infalible de la economía cotidiana, también refleja los cambios que se han dado en el país. María Eugenia llegó con Bs 150 al mercado Abasto Antiguo, esperando cubrir lo básico.
Pero su relato conmueve: “Mire, esto cuesta cinco, esto tres… todo está elevado”, dice mientras muestra unos cuantos vegetales y unas presas de pollo sueltas. La sensación es clara: lo que antes alcanzaba para la semana ahora apenas cubre unos días.
Ese relato, con matices, se repite como un eco en otras voces. Irene Calisaya, de más de 70 años, lo expresa con la crudeza de la experiencia acumulada bajo sus espaldas: “Todo está caro, no alcanza”. Para ella, la inflación ha transformado incluso hábitos alimenticios. La carne, por ejemplo, ha dejado de ser parte de su dieta. “Antes compraba con Bs 38 el kilo… ahora está en 70. Ya no consumo”, afirma.
En su caso, el golpe más duro también está en la salud. “Esto es el triple”, dice al referirse al gasto médico. Sin cobertura del sistema público, hay que pagar por medicamentos y consultas. Queda una sensación de vulnerabilidad permanente, dejando expuesta la fragilidad de quienes dependen de ingresos fijos.
El mercado confirma estas percepciones. Una vendedora de papas describe una realidad que va más allá de los precios: la caída en el consumo. “La gente está cuidando su platita”, explica. Aunque algunos productos se mantienen relativamente estables, la demanda ha disminuido. Donde antes se compraban arrobas, ahora se llevan pequeñas cantidades. “Media, seis libras… depende del bolsillo”, dice.

La inflación, entonces, no solo encarece, sino que contrae.
Obliga a reducir compras, a priorizar, a dejar de lado ciertos alimentos. La carne se convierte en un lujo, las verduras se compran con cautela y cada decisión pasa por un cálculo mental constante. Es una economía de supervivencia.
Mientras hace cuentas, Sandra Zurita, una ama de casa, describe con precisión esta situación: “Todo es inestable”. Un día el tomate cuesta 15 bolivianos, al siguiente baja a dos. Esa volatilidad genera incertidumbre y dificulta cualquier planificación. “Uno anda con la calculadora en la mano para poder comprar”, dice.
La comparación que hace es contundente. “Antes, con Bs 100 me alcanzaba para un mes… ahora, para un día”.
Más allá de la de que esta cifra pueda ser una exageración, la frase refleja una percepción generalizada: el dinero ha perdido valor de forma acelerada. Y esa pérdida no es abstracta, se traduce en decisiones concretas: comprar menos, cambiar de productos, reducir gastos.
Es una estrategia de adaptación que, implica consumir menos proteínas, menos variedad y menos calidad de vida.
Los más afectados son quienes no tienen ingresos fijos o limitados: jubilados, trabajadores informales, adultos mayores. Para ellos, la capacidad de adaptación es menor y el impacto, mayor.
Al mismo tiempo, la economía se ajusta. Los vendedores venden menos, los compradores compran menos, y el mercado se vuelve más lento. “La venta está regular”, dicen.

Proyecciones duras
Los testimonios recogidos en esta nota son un reflejo de que la inflación en Bolivia no solo seguirá siendo alta, sino que podría consolidarse en niveles de dos dígitos durante los próximos años.
Así lo refleja el último cuadro de perspectivas del Fondo Monetario Internacional (FMI), que proyecta que los precios al consumidor en el país crecerán 20,7% en 2026, uno de los niveles más elevados de toda la región.
Este comportamiento contrasta con lo que ocurre en la región. En América Latina y el Caribe, el FMI proyecta que la inflación bajará de 7,6% en 2025 a 6,7% en 2026 y 4,9% en 2027. Bolivia, por tanto, no solo enfrenta inflación alta, sino que va en dirección opuesta al promedio regional.
Según el organismo, detrás de las proyecciones inflacionarias hay una combinación de factores estructurales como la escasez de divisas. Esta menor disponibilidad de dólares encarece las importaciones, lo que termina impactando directamente en bienes esenciales como alimentos, combustibles e insumos productivos.
Otra de las explicaciones del Fondo es que Bolivia ha venido registrando desequilibrios en su cuenta corriente, lo que implica que el país demanda más divisas de las que genera. Esta situación ejerce presión sobre el tipo de cambio y, en consecuencia, sobre los precios internos.
Otro factor clave es la caída en las exportaciones de gas. Durante años, los hidrocarburos fueron una de las principales fuentes de ingreso de divisas y un ancla de estabilidad económica.
En el contexto regional, Argentina continúan registrando niveles muy elevados de inflación, aunque con una tendencia a la baja. El organismo proyecta que el país pasará de un 41,9% registrado en 2025 a 30,4% en 2026, lo que sugiere un proceso de desaceleración, pero todavía en rangos altos.
En el extremo más crítico se mantiene Venezuela, donde la inflación sigue en niveles excepcionalmente elevados, con proyecciones que superan ampliamente el 300% e incluso podrían acercarse a cifras mucho mayores según distintos escenarios.

Inflación al primer trimestre
No obstante, la proyección oficial muestra un panorama diferente, Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) la inflación dio un respiro en marzo, aunque todavía lejos de disipar las tensiones sobre el costo de vida. El Índice de Precios al Consumidor (IPC) registró una variación mensual de -0,34%, marcando el segundo mes consecutivo en terreno negativo. Sin embargo, este alivio es parcial: la inflación acumulada en los últimos doce meses se mantiene elevada, en 15,05%, reflejando el encarecimiento sostenido de bienes y servicios en el último año.
La caída del IPC en marzo estuvo impulsada principalmente por la reducción de precios en alimentos y transporte. Productos como el tomate registraron descensos significativos, con caídas superiores al 20%, mientras que el transporte interdepartamental también mostró ajustes a la baja. A esto se sumaron reducciones en frutas como el plátano y la manzana, además de algunos productos básicos como el arroz.
No obstante, en los mercados un kilo de carne de res puede alcanzar hasta Bs 78, mientras que el kilo de pollo (pechuga) ronda los Bs 19, niveles altos para el consumo promedio de los hogares.

“Un país quebrado”
En este contexto, el presidente Rodrigo Paz salió a respaldar el reciente informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) y afirmó que sus proyecciones sobre la economía boliviana reflejan la realidad del país. “El FMI no miente”, dijo el mandatario, al tiempo que aseguró que su gobierno recibió “un país quebrado” tras la gestión anterior.
Para el jefe de Estado, el informe no solo confirma el deterioro económico, sino que también plantea la necesidad de un cambio estructural en el modelo de gestión. Según la autoridad, el esquema anterior condujo a una crisis cuyos efectos se sienten directamente en el bolsillo de la población, en un contexto marcado por inflación elevada, escasez de divisas y menor dinamismo.
En ese marco, Paz defendió las primeras medidas adoptadas por su administración. Entre ellas, mencionó la estabilización del tipo de cambio, la transparencia en las cuentas públicas y la eliminación de prácticas como las contrataciones directas, que —según dijo— favorecían redes de corrupción.
Pero mientras las autoridades intentan explicar el fenómeno, en las calles ya se está pagando el costo.
Y ahí, lejos de los discursos, la economía deja de ser teoría para convertirse

Sourceel deber

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