El azúcar que llega a la mesa y la castaña que sale de los bosques amazónicos esconden una realidad que pocas veces es visible en la cadena de producción: jornadas de hasta 14 horas diarias, salarios que tardan meses en llegar, deudas que limitan la libertad de los trabajadores y niños, todos expuestos a tareas peligrosas.
No son hechos aislados, advierte un estudio realizado sobre la zafra de caña de azúcar y la recolección de castaña en Bolivia.
La investigación “Trabajo forzoso, servidumbre por deudas y peores formas de trabajo infantil en la zafra de la caña y castaña en Bolivia” fue elaborada por la Confederación Nacional de Trabajadores Asalariados del Campo de Bolivia (CNTAC-B), con el apoyo del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca) y la organización belga FOS.
El informe recoge la voz de los propios trabajadores y busca aportar evidencias para que las autoridades adopten medidas de protección.
Además, el documento fue enriquecido con el testimonio de los protagonistas, en un evento realizado en La Paz, donde el ministro de Trabajo, Williams Bascopé y el defensor del Pueblo, Pedro Callisaya, escucharon la realidad sobre las jornadas laborales agrarias.
El trabajo de campo para el estudio fue hecho entre 2025 y 2026 en Montero y Bermejo, zonas productoras de caña, y Riberalta, centro de la actividad castañera. Combinó entrevistas, observación directa en campamentos y barracas, y revisión documental.
Deudas que atan
En la zafra cañera, algunos trabajadores relataron jornadas que comienzan a las 3:00 y terminan a las 20:00 o 21:00. Otros describen rutinas desde las 5:00 hasta las 19:00. En la recolección de castaña, el trabajo también puede extenderse durante por 10 a 12 horas, sin pausas. El pago por producción traslada el riesgo al trabajador: si disminuye el rendimiento o escasea la materia prima, sus ingresos bajan. A esto se suman los retrasos salariales, los descuentos por herramientas, alimentos, medicamentos y transporte, e incluso retenciones que impiden abandonar el lugar.
“Mientras no pague, no lo dejaban salir”, recoge uno de los testimonios del informe. Otro advierte: “si no te quedas hasta que finalice la zafra, no te pagamos”.
El sistema de avío, por el cual el contratista adelanta dinero o víveres que después deben devolver con la producción, se convierte en un mecanismo de endeudamiento coercitivo. La deuda deja de ser una obligación económica y pasa a condicionar la libertad de los trabajadores.
La investigación también documenta la participación de niñas, niños y adolescentes en actividades peligrosas. En la recolección de castaña, familias enteras se internan durante meses en la Amazonia y algunos estudiantes dejan la escuela para acompañar a sus padres. En la zafra cañera, el uso de machetes, las cargas físicas y jornadas largas expone a los trabajadores a accidentes y lesiones.
Los riesgos alcanzan a quienes cortan caña y a quienes recogen cocos de castaña: heridas, golpes, mordeduras de víboras y agotamiento, en entornos con escasos equipos de protección y servicios sanitarios insuficientes.
El estudio señala la falta de inspecciones laborales y la ausencia de mecanismos seguros de denuncia favorecen la continuidad de estas prácticas. También advierte que las condiciones presentan indicios compatibles con trabajo forzoso y servidumbre por deudas, además de vulnerar derechos laborales.
Las conclusiones apuntan a un problema estructural, no a episodios excepcionales. Por ello, los autores recomiendan inspecciones periódicas, pago oportuno de salarios, control de contratistas, mecanismos de denuncia protegidos y medidas que garanticen la continuidad escolar de hijos de familias zafreras y castañeras.
La exigencia central es que el Estado prevenga, investigue y sancione los abusos, y proteja a quienes los denuncian. Quienes sostienen dos actividades económicas esenciales.



















