Bolivia: del funeral del gas al romance minero

Bolivia tiene una relación intensa y tóxica con los recursos naturales. Se enamora rápido, construye relatos épicos, expande el Estado o privatiza, reparte subsidios, multiplica discursos nacionalistas… y recién pregunta por la sostenibilidad cuando aparece la factura.​

Hoy vivimos exactamente uno de esos momentos históricos. Cuando aún no termina la feroz disputa política por el poder y por los restos de la renta gasífera, cuando el país sigue discutiendo quién pagará las deudas, déficits y promesas acumuladas del viejo modelo basado en el gas natural, aparece una noticia capaz de despertar antiguos reflejos extractivistas: Bolivia experimenta un boom exportador impulsado por los minerales.

​En el primer trimestre de 2026, las exportaciones alcanzaron $us 3.582 millones, prácticamente el doble del mismo período del año anterior. Los dioses de los recursos naturales, aparentemente reacios a abandonar del todo a Bolivia, parecen volver a sonreír. Esta vez el premio gordo no sería el gas; serían el oro, la plata y otros minerales.

​Pero conviene guardar el champagne estadístico unos minutos. El oro metálico pasó de exportar $us 73 millones a $us 786 millones en apenas un año: un crecimiento cercano al 975 %. Pero cabe recordar que las exportaciones del metal amarillo llegaron en 2022 a $us 3.000 millones. Este es el reino del contrabando y la informalidad. La plata mineral superó por primera vez los $us 1.000 millones trimestrales. El resultado es tan impresionante como inquietante.

​Porque cuando un producto crece casi 10 veces en un trimestre, los economistas experimentan una sensación conocida: fascinación técnica mezclada con sospecha profesional. ¡Uta che! ¿Qué estará pasando?

​Los precios internacionales ciertamente ayudan. El oro vive máximos históricos y la plata atraviesa un excelente ciclo global, pero incluso los mercados alcistas tienen límites físicos.

​Por eso circulan al menos tres hipótesis. La primera: más producción formal, excelente noticia. La segunda: formalización de operaciones previamente invisibles, bastante plausible. La tercera, la más incómoda: reexportación o triangulación de oro importado tras procesos de refundición. Una especie de turismo internacional aurífero donde el metal viaja, cambia de nacionalidad estadística y reaparece convertido en éxito exportador patriótico.

​La diferencia importa enormemente, porque una cosa es generar nueva riqueza productiva y otra, bastante distinta, es inflar cifras comerciales sin modificar sustancialmente la capacidad económica del país.

​Lo cierto es que minería y metalurgia explican prácticamente todo el crecimiento exportador. Hoy representan más del 90 % de las ventas bolivianas. Lejos de diversificar su economía, Bolivia parece haber perfeccionado uno de sus deportes históricos: poner más huevos en menos canastas.

​Mientras tanto, el gas natural continúa escribiendo su lenta novela de decadencia. Las exportaciones hidrocarburíferas volvieron a caer y, más importante aún, el gas perdió relevancia dentro de la estructura exportadora nacional. En apenas 12 meses pasó de representar 16,5 % de las exportaciones a menos del 6 %.

​Silenciosamente, Bolivia está dejando de ser una economía gasífera para convertirse nuevamente en una economía profundamente minera.

​La vieja vaca lechera del gas, aquella criatura generosa que durante años financió subsidios, reservas internacionales, expansión estatal, estabilidad cambiaria y una vasta fauna político-corporativa, fue ordeñada con entusiasmo multipartidario, multisindical y multirregional sin medida ni clemencia, hasta quedar exhausta. Y con ella colapsa también buena parte del andamiaje económico construido alrededor de su renta.

​Los subsidios a los hidrocarburos se volvieron fiscalmente difíciles de sostener. El tipo de cambio busca un nuevo equilibrio menos heroico y más compatible con la escasez de dólares.

Y ya no existen recursos suficientes para mantener satisfecho al amplio ecosistema de regiones, sindicatos, organizaciones sociales y actores políticos que durante años participaron, cada uno con admirable vocación redistributiva, de la gran piñata gasífera nacional.

​Hoy la discusión pública gira alrededor de los pasivos del viejo ciclo: quién pagará la factura, quién absorberá el ajuste y quién administrará la escasez. Pero mientras los deudos del gas siguen disputándose la herencia y agarrándose a piñas, una pregunta mucho más estratégica golpea discretamente la puerta: ¿qué ocurre si la minería se convierte en la nueva gran fuente de excedentes del país?

​Aquí aparece un detalle menos glamoroso que el oro pero infinitamente más importante: los impuestos. Porque incluso si el boom minero fuese real y sostenible –algo todavía sujeto a debate– surge inmediatamente una pregunta central: ¿cómo se distribuirá esta nueva renta? Y la respuesta preliminar no necesariamente tranquilizará a los administradores del viejo Estado gasífero.

​El sistema tributario aplicado al sector minero boliviano es relativamente laxo. Dicho en castellano económico sencillo: el Estado captura una proporción limitada del excedente minero. En la época del gas, el Estado mordía más del 60% de la renta gasífera.

​Si la nueva bonanza se consolida bajo las reglas actuales, buena parte del beneficio podría quedarse principalmente en manos de empresas, cooperativas, comercializadores y otros actores de la cadena extractiva; mientras el Estado observaría el espectáculo con entusiasmo patriótico pero con recaudación modesta.

​Y aquí emerge la verdadera tensión estructural. ¿Es compatible un Estado grande, caro y acostumbrado a la renta del gas con una minería que tributa relativamente poco? La pregunta no pertenece ni a la izquierda ni a la derecha; pertenece a la aritmética.

​Los huérfanos, deudos y sobrevivientes de la vieja economía gasífera –ministerios, gobiernos subnacionales, sindicatos, organizaciones corporativas, redes clientelares y múltiples consumidores históricos de renta– seguirán teniendo sed de recursos, redistribución y poder político.

​Pero el nuevo sector emergente podría no generar, bajo las actuales reglas fiscales, suficiente flujo estatal para alimentar el tamaño del aparato heredado del auge gasífero. Tarde o temprano esta discusión llegará.

​Y convendría enormemente que llegue en universidades, parlamentos, espacios técnicos y negociaciones institucionales, antes que mediante la metodología boliviana tradicional de resolver disputas económicas: bloqueos, carreteras tomadas y cursos intensivos de teoría fiscal aplicada sobre el asfalto.

​Porque una cosa es ganarse nuevamente la lotería de los recursos naturales, pero otra muy distinta –y bastante más difícil– es aprender finalmente a administrar el premio sin convertirlo, 20 años después, en otro funeral nacional con café frío e ideológico incluido.

Sourcepublico

ÚLTIMAS NOTICIAS